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NO A LAS MEGALÓPOLIS

debate.com.mx | Claudio Alcérreca Pérez | Actualizado: 28/07/2010 7:30:00
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(Primera parte)

La auténtica aplicación del federalismo implica el fortalecimiento económico de todos y cada uno de los estados de la República. No es una política establecida para favorecer exclusivamente a una región ni mucho menos a una ciudad en particular.

Los gobernantes (seudo) federales del siglo 20 –que llegaron a hablar de "federalismo centralizado", así como de "revolución institucionalizada"– lejos de fortalecer a los estados, remozaron al Distrito Federal y su zona conurbada. Crearon una megalópolis, donde los artículos de consumo diario y los servicios eran más abundantes y asequibles que en la provincia, además de que había más estímulos al progreso que en el resto de las ciudades y entidades federativas. Justificó su oropel arguyendo que fungía como la carta de presentación nacional ante el exterior. Sin embargo, no ha sido más que un gigantesco artificio enajenador, tanto para los pobladores de la urbe, como para el resto de la población mexicana.

De hecho vino a convertirse en uno de los más vergonzantes monopolios urbanos del mundo, ya que en su voraz crecimiento sustrajo energía vital a gran parte del país. Su relumbrón megalómano indujo al contrastante abandono de grandes regiones del país que yacen en la extrema pobreza, desde donde han emigrado masas depauperadas a esa misma ciudad o hacia los Estados Unidos.

El gobierno federal asentado en esa urbe ha sido incapaz de constituir una economía sana y equilibrada. Durante muchas décadas desde Palacio Nacional y San Lázaro se han manejado los impuestos y el reparto de recursos centralizadamente, al antojo y conveniencia de los gobernantes en turno. Esa postura unilateral privilegió a la élite política, económica e intelectual deefeña. Asimismo, la Ciudad de los Palacios albergó un gran porcentaje de trabajadores al servicio del gobierno federal, pues al consolidarse el régimen posrevolucionario se disparó la cantidad de empleados burócratas en la ciudad de México.

El gobierno por sí mismo no tiene dinero, es pedigüeño, vive de los impuestos. Su obligación es cuidar y administrar los recursos que pesan sobre los hombros de los contribuyentes, y, sin poses paternalistas, repartirlos con equidad y justicia, lo cual implica llevar a cabo proyectos que activen el progreso en las regiones más desfavorecidas, sin regatear recursos. Para ello se requiere un gobierno federal inteligente.

Por otra parte, si una ciudad es insostenible con los recursos que puede aportarle el erario federal, la población de ese sitio debe pagar por los privilegios que goza desembolsando más impuestos, de ahí la existencia de ciudades de vida cara. La ciudad de México entra en ese contexto. Esa sería una forma de desalentar la inmigración a ese sitio e incluso desalojar el exceso de población.

El gobierno deefeño se queja de que se le avecina una crisis fiscal si el gobierno federal continúa "castigándolo" (¡habrase visto?), y se mantiene a la espera de un incremento al subsidio federal. Peca de soberbia cuando supone que merece un trato fiscal especial sólo por ser la capital del país. Si el gobierno capitalino prevé que cada vez va a tener menos recursos, debe ir viendo la forma de imponer gravámenes a la población que habita el Distrito Federal. Los problemas económicos se resuelven con dinero. Los gobernantes llevados al poder democráticamente tienen el deber de hablar con franqueza a sus gobernados mostrándoles el panorama real que están viviendo. Haciéndoles ver, por ejemplo, que la ciudad de México ya no es ni volverá a ser el paraíso de la quincena burocrática.

Si los edificios públicos, la población flotante, los bloqueos de calles por manifestantes, el exceso de vehículos y gente, la contaminación, etc., etc., son un dolor de cabeza para los capitalinos, debe hacérseles el favor de desconcentrarles la infraestructura que posee esa capital y reubicarla en distintos sitios de la provincia. Las oficinas de marina, pesca, petróleos, turismo, minería, agricultura, ganadería, etc., no tienen nada que hacer en esa ciudad del altiplano. Las comunicaciones tan avanzadas de la actualidad nulifican esa necesidad de tener concentradas en un mismo sitio esos organismos gubernamentales. Se le puede quitar ese abrumante peso a la macrourbe y regresarle la tranquila normalidad que merece, al igual que todas y cada una de las ciudades mexicanas.

Es difícil pero no imposible. Estados Unidos tiene una ciudad capital tan grande como muchas ciudades de México, y Brasil trasladó su capital de Río de Janeiro a Brasilia. Algo se puede hacer en México.



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